Tenía intención de narrar en este blog las andanzas y desventuras que durante los próximos cuatro meses (ya ha pasado uno y yo no me he enterado) me fuesen ocurriendo en este paraíso por descubrir que es Polonia, de hacer una especie de diario en el que contar todo aquello que día a día fuese ocurriendo.
La intención la tenía, la tuve. Ahora no tengo ni tiempo ni intención.
No tengo tiempo porque no paro, y teniendo en cuenta que tengo clase tres días por semana, ya es decir. El tiempo transcurre entre cafés y cervezas acompañado de buena gente, preparando proyectos para las distintas asignaturas o echando futbolines o pingpongs. El haber recaído en un grupo en el que me siento agusto ha sido la suerte más grande que he tenido en mucho tiempo, y es que éste vuela.
No tengo intención porque mientras escribía la segunda entrega me di cuenta que me resultaba excesivamente aburrido contar el día a día, y supongo que si ya escribirlo es pesado, leerlo llega a ser odioso. Así que de aquí en adelante, las entradas, cuando me venga de gusto, y con un motivo. Si no sabéis nada de mí, es que lo estoy pasando en grande.
Hecha la aclaración, contemos alguna de esas cosas que con el tiempo iré contando.
Durante la semana pasada completé un mes de mi estancia en Gliwice, y la ciudad ya empezaba a consumirme, sin desagradarme, empezaba a sentirme encerrado en ella, por lo que el Integration Trip organizado por la universidad me vino de perlas. Tres días en uno de los mejores lugares en los que he estado: Zakopane. La nevada de la semana anterior aún perduraba acompañada de un tiempo primaveral que nos permitió disfrutar de un paisaje de los que dejan con la boca abierta.
La estancia en la casa rural pasó amenizada por comida tradicional polaca, vodka y cerveza y muy buena compañía; casi nada.
Pero como no todo podía ser bueno ese fin de semana, llega la parte mala, encuentro en Katowice frustrado con los amigos, una patada bastante importante que deja bastante tocado y que sólo muy pocas personas saben hacer que uno recupere el ánimo.
Dejando de lado el percance de Katowice, volví a Gliwice bastante más liberado para afrontar una nueva semana que tenía como culminación la visita a Wrocław. Había escuchado maravillas sobre esa ciudad, pero hasta que llegué allí no me di cuenta de la joya que es, y para joyas, el tren, al igual que el de la semana anterior rumbo a Katowice, un tren de los buenos, de los que van lentos y dejan disfrutar el paisaje. Influye, y mucho, para conocer una ciudad estar acompañado de otro loco de los paseos por lugares desconocidos como es Ferran, un gran tipo de Badalona, con el que, mano a mano, fui descubriendo, poco a poco, rincones, puentes (¡112!) y pequeñas esculturas de gnomos rememorando The Orange Alternative. No malgastaré palabras sobre la ciudad y el fin de semana pudiendo decir simplemente Espectacular.
Y ya sé que he empleado más tiempo en explicaciones que en relatos, pero esta entrada empecé a escribirla poco después de volver de Zakopane (y ya hace casi dos semanas de aquello), pero si el tiempo de normal vuela, aquí ni siquiera lo ves volar, y de cara a este mismo fin de semana ya hay preparado otro nuevo viaje, a Krakow… y Praga, Viena, Budapest y Bratislava esperan impacientes.



